Los días pasan, uno tras otro, a veces sin concedernos tiempo para la reflexión, para el disfrute o, simplemente, para vivir un instante en toda su profundidad. Para sentirlo de verdad.
El apuro cotidiano, la urgencia de resolver lo indispensable, nos va empujando a una forma de existencia distraída. Dejamos de mirar con atención lo que tenemos cerca, aquello que parece seguro, eterno, siempre disponible. Y sin darnos cuenta, algunos momentos se nos escapan de las manos antes de que entendamos su verdadero peso.
Como cada sábado al mediodía, fui a visitar a mi abuela. Hablamos largo rato, recordó momentos de su vida con emoción, y comimos su flan casero, ese que parecía tener el sabor intacto de mi infancia. Todo transcurría con la serenidad de lo habitual.
Pero al despedirnos, algo cambió.
No fue una palabra ni un gesto evidente. Fue su mirada.
Sus ojos se detuvieron en los míos con una quietud distinta, como si en ese silencio hubiera algo que yo todavía no podía comprender. Hubo en ese instante una extraña incomodidad, una sensación leve pero persistente, que me acompañó hasta la puerta. Me alejé con esa impresión adherida al cuerpo, aunque en los días siguientes preferí no pensar en ello.
Hasta que llegó la madrugada del miércoles.
El teléfono sonó en medio del silencio y mi cuerpo se estremeció antes de tocarlo. Sentí el corazón golpearme el pecho y las manos me temblaron mientras alcanzaba el aparato. La noticia fue inesperada, y al mismo tiempo no lo fue. Algo dentro de mí ya sabía de qué se trataba.
No hice preguntas.
Solo volvió a mí aquella mirada.
Esa última mirada.
Y entonces comprendí, con una claridad dolorosa, que en ese instante ella ya se estaba despidiendo.
A veces creemos que las personas que amamos seguirán intactas en algún lugar de nuestro futuro. Imaginamos que habrá más tardes, más conversaciones, más postres compartidos, más abrazos postergados para la próxima visita. Pero la vida, de pronto, nos alcanza con sus ausencias y con la certeza silenciosa de no haber sabido retener lo irrepetible.
© Este texto fue publicado el 1 de abril del 2026. Todos los derechos reservados.