Paso a paso

Todo es confusión. ¿Qué debo hacer? Una vez más me descubro en el mismo umbral, en el mismo punto incierto del camino, con idénticas sensaciones revoloteando en el pecho.

Hay días en que el mundo se torna gris y lo único que anhelamos son certezas: un sí o un no, derecha o izquierda, una señal nítida que disipe la duda. Pero el destino —que a veces parece divertirse con nuestros enredos— nos habla con una calma casi irónica y nos susurra al oído: “no te apresures, paso a paso”.

Y sin embargo, hoy es uno de esos días en los que quisiera respuestas inmediatas. Las busco con ansiedad en cada rincón: en una pluma que “caiga” del cielo, en números que se repitan como un guiño del universo, en una llamada inesperada o en una palabra precisa que calme mi inquietud, que responda a esta angustia silenciosa, a esta ambigüedad que me habita.

Pero busco… y no encuentro. No llega la señal, no aparece el indicio, no se abre el camino.

Lo único que vuelve una y otra vez —no sé si desde mi mente o desde algún lugar más profundo del alma— es la misma frase: “no te apresures, paso a paso”.

Tal vez haya momentos en los que lo único que tenemos que aprender es a esperar. Comprender que en esa espera se esconde, silencioso, el verdadero aprendizaje. Porque las respuestas no llegan cuando las exigimos, sino cuando estamos preparados para dar el siguiente paso una vez que encontramos la certeza.

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© Este texto fue publicado el 1 de abril del 2026. Todos los derechos reservados.